Fue hablando solo, hasta la orilla de la casa, gritando muchos nombres, de gente que conoció durante la vida, maldecía a aquellos que le evocaban malos recuerdos, pero en realidad no importa si se saca los ojos con una cuchara para no ver mas, pues vive solo en esa casa, que no es mas que un punto minúsculo mirado desde el cielo en su enorme terreno que compró con el esfuerzo de una vida, y que ahora es su manicomio personal. Marchaba de esquina en esquina, golpeando las paredes, destruyendo sus hermosos y caros muebles, haciendo añicos las ventanas.
De los tres perros que tenía Lulo, Juan y Rita, no quedaba ninguno vivo, ni enteros, pues los mató a hachazos, la fetidez del hogar era indescriptible, pero sólo le molestó a la policía que entró a esa casa cuando recibió la noticia de que aquel hombre había desaparecido, hecho denunciado por su mejor amigo Esteban, también entrado en edad. Según el informe medico arrojado por la autopsia, el hombre murió de hambre y sed, por lo que dedujeron que había perdido el juicio y quedó en estado catatónico.
Pero mucho antes de que él muriera, mucho antes que enloqueciera y que dejara de venir al pueblo, solía juntarse a jugar ajedrez con su amigo Esteban los fines de semana, se tomaban un tinto, hablaban, y esas cosas que uno hace cuando se junta con amigos. Me contaba Estaban que Rafael, acostumbraba filosofar de la vida, y tenía ideas muy raras acerca de eso mismo, casi su propia religión ajedrezcentrista, se reía mi padre cuando me lo decía, recuerdo haber escuchado un par de veces a Rafael hablando, y no tenía ninguna relación con el ajedrez.
Decía con gran orgullo que todos éramos libres como los pájaros, y ese tipo de conclusiones que suelen llegar los místicos de cierta edad. Los policías se llevaron mucha marihuana que él cultivaba adentro de su casa en una gran habitación para uso recreativo o para relajarse, eso recuerdo que sorprendió mucho a mi padre que era evangélico de corazón y de alma, aunque enrealidad solo era de mente. El pobre de mi viejo pasó mucho tiempo triste, sobretodo los fines de semanas por que no tenia a nadie con quien jugar el ajedrez, juego de ejercicio mental, estrategia, y aburrimiento si no lo sabes apreciar, ese es mi caso.
Siempre la primera jugada de mi padre era sacar un caballo, preferentemente el izquierdo, luego Rafael adelantaba dos espacios un peón del centro, luego mi padre sacaba el otro caballo, y análogamente Rafael movía otro peón para proteger, luego mi papa movía el peón contrario al primer peón que movió Rafael dos espacios quedando frente a frente con el peón de Rafael, y luego el movía su caballo, y así después de un par de jugadas quedaban igual que al principio… iguales. No era muy divertido ver a un par de viejos que tienen grabadas las mismas jugadas del ajedrez en su mente, quizás por eso nunca me gustó.
Pasaron los meses después de la muerte de Rafael, y apareció una desconocida hija de él, llamada María, que vino a ver su herencia, era una mujer muy esbelta, con cara alargada, con una cola de caballos en su cabello castaño, y unos ojos color roble, vestía un jeans azul ajustado y un polerón verde, con una sonrisa en la cara y unos ojos desprovistos aparentemente de esa terrible sensación llamada tristeza que abunda en mi casa, con un corazón que simula ser de diamante, durísimo y frío, pero transparente, por lo menos no era mal intencionada.
Un día me la encontré, en un bar y la invité a tomar algo, le conté quien era para poder hablar mas cómodamente con ella, le conté que mi padre y el suyo pasaban jugando ajedrez, y ella me contó que él jugaba ajedrez desde hace mucho tiempo, y que una vez le trató de enseñar pero no le gustó, que para sorpresa nuestra a ninguno de los dos nos agrada ese juego. Le conté sobre la huerta secreta de interior que él poseía, y me dijo que así era desde que ella era una niña, que nunca fue un buen padre, y que lo admitía, diciendo que era el hombre que llevaba los zapatos sueltos de la casa, y soltó una sonrisa melancólica.
Le pregunté sobre su madre, y me dijo que había muerto en un accidente de tránsito, la atropellaron y nunca apareció el culpable, luego sin que yo le preguntara mencionó los pobres perros, con más tristeza, y pronto me dijo que nunca volvió a ser el mismo después del accidente. Me dijo que la llevara a la casa de mi padre por que le tenía un paquete que le dejó el suyo, así que la llevé y se lo entregó, luego ella se fue sin ser acompañada por decisión propia. En el paquete había un peón de madera, casi del porte un antebrazo, con bellas terminaciones en la armadura y unos pájaros en el casco, entre otros detallitos, en la base decía: para mi amigo.
Lo último que supe de ella, fue que vendió el campo, y se marchó, lo averigüé por que me dejó algo de dinero que acepté de mala gana, luego se fue a Santiago. Al día siguiente empezó el invierno sureño que venía con tardanza de un mes, mi padre puso al peón en una repisa, junto con el ajedrez. Yo, con el afán de que no se aburra le conté que se podía jugar ajedrez en el computador por Internet con otras personas de muchos lugares del mundo, me miró con horror, lo tomó como si lo hubieran apuñalado unas doscientas veces. En la noche, el viento abrió la puerta principal de la casa con mucha elegancia estruendosa.