Los tres hermanos se levantaron en la mañana, ya habiendo olvidado el amor, solo les quedaba la envidia, uno miró feo al otro, y el tercero se sentía como un niño abandonado bajo la ventisca y el frío, tambaleándose entre la muerte y los pinos congelados. El segundo insulta al tercero, este calla y el primero recordaba los brazos de su padre, y el día en que este murió, entonces un momento de silencio inundó la casa hasta que el primero canto una vieja canción que cantaba su madre, fue entonces que el tercero le arrojó una silla, entonces el segundo tomó un cuchillo y se abalanzó sobre el segundo que no se había levantado aún del suelo, y lo degolló.
El tercero calló, pero no era tristeza lo que sentía, pues ahora tenían comida, el ambiente se tranquilizó por seis días pasaron, y el primero se había acabado, para la mala suerte de ellos, ningún animal rondaba ese mundo en que ellos estaban. Pasaron cuatro días en los que solo se miraban a los ojos, esperando que uno bajara la guardia, para lanzarse como perro sobre él. Al quinto día, el tercero murió solo, sentado, mirando a su hermano a los ojos, este sujeto debería mantenerle entre diez y once días.
Luego que el tercero se acabara, el segundo quedo mirando su sombra, esperando que esta muriera. Pero solo gastaba sus ojos mirando la pared, hasta que quedó ciego, fue entonces que empezó a brotar comida de la tierra, pero este no la veía. Su estomago empezó a marcar la hora rugiendo cada cierto tiempo, el frío lo tocaba al ritmo de la desesperación, él seguía en su desierto acurrucado en la nada, hasta que el día le tocó, y murió de hambre.
martes, 19 de octubre de 2010
flores del precipicio
El olor a perfume de anís, es el que acaricia mi piel, sube desde abajo del precipicio, entremedio de todas esas flores que crecen con tal alegría afuera de mi casa en las paredes de la montaña. Por donde cae la luz de la luna y el sol, y los peces de fuego me recuerdan que en la mañana amaneceré sin aliento por dormir tan inclinada, el sol aparecerá jugando con juguetes de plástico, aunque lo he mirado mil veces, no logro entender a que juega, con una mano levanta un hombrecito y con la otra un edificio que aplasta al hombrecito, pero este sale por la puerta de entrada y trepa por un lado del edificio hasta el techo, y luego sigue trepando para volver a ser aplastado.
En el revoloteo de insectos que parecen ángeles, bajo la luz de la tarde, las flores de mi precipicio me hablan y yo no las escucho o tal vez es el sonido del viento que las hace sonar y yo busco escuchar un sonido familiar en ellas, como de un mundo perdido, perdido entre edificios grises que llegan hasta el cielo, donde los niños se pierden, y cuando los encuentran los hallan muertos portando una bandera de brisa, aunque nadie se queja, pues todos están muertos, de la tierra brota sangre de poetas, que separa mi casa de todos eso en una cascada y a veces logro enviar mi mirada hacia la cima de la montaña y la hago doblar hacia el horizonte y veo que todos arrancan, incluso yo, a jugar otra vez. Al atardecer el sol cambia de juguetes, en una mano saca al viento, y en la otra una madre, y el viento al acariciar a la madre se pone a llover, y ella desaparece entre un perfume de anís.
Y en la noche dejo mi imaginación correr, y veo a todos felices, caminando hacia un buque de guerra tripulados por demonios de arena, y es cuando me escondo en mi casa atrapada por el olor a anís, el cual me mantiene atada al suelo con su cabellos largos de niña sonriente y radiante, amiga del sol, y es cuando me doy cuenta de cómo aparece y se esconde el sol en el precipicio una y otra vez entre ese perfume que revuelve mis ganas de vivir con ternura.
En el revoloteo de insectos que parecen ángeles, bajo la luz de la tarde, las flores de mi precipicio me hablan y yo no las escucho o tal vez es el sonido del viento que las hace sonar y yo busco escuchar un sonido familiar en ellas, como de un mundo perdido, perdido entre edificios grises que llegan hasta el cielo, donde los niños se pierden, y cuando los encuentran los hallan muertos portando una bandera de brisa, aunque nadie se queja, pues todos están muertos, de la tierra brota sangre de poetas, que separa mi casa de todos eso en una cascada y a veces logro enviar mi mirada hacia la cima de la montaña y la hago doblar hacia el horizonte y veo que todos arrancan, incluso yo, a jugar otra vez. Al atardecer el sol cambia de juguetes, en una mano saca al viento, y en la otra una madre, y el viento al acariciar a la madre se pone a llover, y ella desaparece entre un perfume de anís.
Y en la noche dejo mi imaginación correr, y veo a todos felices, caminando hacia un buque de guerra tripulados por demonios de arena, y es cuando me escondo en mi casa atrapada por el olor a anís, el cual me mantiene atada al suelo con su cabellos largos de niña sonriente y radiante, amiga del sol, y es cuando me doy cuenta de cómo aparece y se esconde el sol en el precipicio una y otra vez entre ese perfume que revuelve mis ganas de vivir con ternura.
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