La almohada estaba justo debajo de su cabeza, el calor sobre el quitasol, y la arena aplastada por el peso del hombre, bajo la toalla de tigre rugiendo, el quebrar de las olas y el canto de las gaviotas, que para él, era muy similar a la música mas hermosa compuesta por el hombre, transformaba su sueño en algo placentero, no había ninguna otra persona en su playa, y hacía un clima perfecto, las olas eran pequeñas, y tenía mucha comida en la nevera.
Es cuando él estornuda, que aparece una gaviota media desplumada caminando hacia la toalla, y lo queda mirando, hasta que saque un poco de comida. Y la mira, y se dispone a crear una nueva amistad con aquel animalejo, y sin necesidad de pensar, de su nevera saca una cecina y se la da, la queda mirando, hasta que la ave se come el tasajo, anticipando a que el hambriento animal se ponga a gritar, le arroja otro, y el pájaro se lo engulle con devoción. El hombre, mira al animal, y le pregunta algo para entablar una conversación:
Hombre: ¿como está el clima?
Gaviota: ¡aaaaaaa!
Hombre: veo que tienes hambre
El hombre saca otra salazón y se la tira.
Hombre: y dime gaviota, ¿por que estas tan desplumada y hambrienta?
Gaviota: estoy muy vieja
Hombre: yo también
Gaviota: lo se, por eso estoy acá
Hombre: ¿cómo?
Gaviota: claro, cuando te mueras, te vamos a comer entre todas las gaviotas
Hombre: ¿y por qué viniste hasta acá, donde estoy yo?
Gaviota: solo vine a ver si ya estabas muerto.
Y el hombre se quedó mirando a la gaviota de reojo, y en silencio, un poco amargado por lo que le dijo, se sintió realmente extraño, con una ligera sensación de dolor en el brazo izquierdo, y un peso en el pecho, que rápidamente se transforma en un paro cardíaco, que le pone fin a su existencia en aquella playa que tanto amó. Y el cielo se vuelve blanco, no por nubes, ni milagro, solo son muchas gaviotas hambrientas que vuelan en círculo y bajan suavemente entre los soplidos del viento hasta tocar la arena con sus patitas, dejando sus huellitas, caminan hacia el hombre, al ritmo de las olas.
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